El Salmo 73 es probablemente el texto bíblico más honesto sobre esta tensión. Asaf, el salmista, comienza confesando algo que muchos creyentes sienten pero pocas veces se atreven a decir en voz alta: "mis pies casi tropezaron, mis pasos casi resbalaron — porque me envidié de los arrogantes, al ver la prosperidad de los impíos." No empieza con una respuesta teológica. Empieza con una confesión de desorientación.
Lo que sigue en el Salmo es una descripción detallada y casi irritante de cómo viven los que se apartan del Eterno: cuerpos robustos, sin aflicciones, sin trabajos como los demás hombres, con collares de orgullo y ojos que sobresalen de gordura. Asaf los está mirando. Y lo que ve le duele porque contrasta demasiado con su propio esfuerzo de vivir limpiamente.
Esta pregunta es completamente legítima. La Torá no castiga a quienes la hacen. El Eterno no reprende a Asaf por haberla sentido. La fe genuina no le teme a las preguntas difíciles — les abre la puerta. El problema no es dudar. El problema es quedarse en la mitad de la historia.
El giro del Salmo 73 ocurre en el versículo 17 y es tan repentino que parece que Asaf mismo se sorprende: "Hasta que entré al santuario de Dios — entonces comprendí el fin de ellos." El lugar donde la perspectiva cambia no es una sala de debate filosófico. No es una biblioteca. Es el santuario — el lugar de la presencia del Eterno.
Lo que Asaf comprendió allí no fue una fórmula matemática de retribución. Fue algo mucho más profundo: vio el fin del camino de ambos. Vio que la prosperidad del impío es como el resbalón en un camino mojado — veloz al bajar, sin nada a qué aferrarse. Y vio que su propio camino, aunque difícil, estaba acompañado. La diferencia no estaba en el momento presente — estaba en hacia dónde conducía cada camino.
Jeremías hace la misma pregunta pero recibe una respuesta diferente en su tono: el Eterno le dice que si en tierra de paz ya está cansado, ¿qué hará en el desbordamiento del Jordán? La respuesta no es la explicación del misterio sino el fortalecimiento para seguir de pie mientras el misterio permanece sin resolver.
Yeshúa no ignoró esta tensión. En la parábola del rico y Lázaro, muestra exactamente lo que Asaf vio desde el santuario: la inversión definitiva de las circunstancias. El hombre que tenía todo pierde todo. El que no tenía nada recibe todo. No es un elogio a la pobreza ni una condena a la riqueza — es una advertencia sobre dónde se pone la confianza y hacia dónde apunta el corazón.
El Apóstol Rav Shaul escribe desde la cárcel — él mismo es un ejemplo del justo que sufre — y dice algo que solo puede venir de alguien que ya entró al santuario: "He aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación." No dijo que entendió por qué. Dijo que aprendió a estar en paz mientras no entiende.
La fe bíblica no promete que el justo prosperará en todo tiempo y que el malvado sufrirá en todo tiempo — eso sería magia, no fe. Lo que promete es que el Eterno no es indiferente, que la historia tiene un final, y que en ese final nadie estará parado en el lugar equivocado sin saberlo. Mientras tanto, la invitación es a entrar al santuario, donde la perspectiva eterna reemplaza a la perspectiva del momento.
— Lucas 16:19-31 · Filipenses 4:11 · Romanos 8:18 · Apocalipsis 20:11-15Si en este momento estás en el lugar de Asaf — viendo cómo otros que no temen al Eterno parecen tenerlo todo mientras tú luchas honestamente — no te corrijas a ti mismo antes de tiempo. Permite que la pregunta exista. Llévala al santuario. No para recibir una respuesta teológica prolija, sino para recibir algo que vale más: la certeza de que no estás solo en el camino.
La pregunta "¿por qué a los malos les va bien?" no tiene una respuesta que satisfaga al intelecto herido. Tiene una respuesta que satisface al corazón: el Eterno ve, el Eterno sabe, el Eterno no termina la historia en el capítulo que tú estás leyendo ahora.
Asaf salió del Salmo 73 desde un lugar completamente distinto al que entró. No porque hubiera encontrado la respuesta filosófica a la teodicea — sino porque entró al santuario y desde allí vio lo que antes no podía ver. Al final del salmo dice una de las frases más bellas de toda la Escritura: "¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra." La pregunta no desapareció. Fue superada por algo más grande que ella.
Rabino Israel Escalona A. · Comunidad Ets Jayim
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