La escuela de Shamai en el Talmud decía que el divorcio solo era permisible por infidelidad sexual. La escuela de Hilel decía que bastaba con que la esposa quemara la comida. El debate entre ambas escuelas no es anecdótico — muestra que la pregunta no tenía respuesta unánime ni siquiera entre los maestros más respetados de Israel.
Lo que sí es claro en la Torah es que el divorcio existe dentro de un marco legal precisamente para proteger a la parte más vulnerable, que en la cultura del antiguo Israel era la mujer. El guet — el documento de divorcio — no era una celebración del fracaso matrimonial. Era una garantía de que la mujer podía rehacer su vida sin quedar en un limbo legal que la dejaba sin protección.
Yeshúa, cuando los fariseos le preguntan sobre el divorcio, no da una respuesta sencilla. Vuelve al principio — al diseño original del matrimonio en Bereshit — y dice que Moshé permitió el divorcio por la dureza del corazón humano, no porque ese fuera el ideal. Lo que Yeshúa hace no es condenar a los divorciados. Hace algo más difícil: invita a tomar en serio la alianza antes de romperla.
Hay personas que llevan años culpándose por un divorcio porque alguien les dijo que Dios no los perdona o que están viviendo en pecado permanente. Eso no está en la Torah. Lo que está en la Torah es que el matrimonio importa, que el dolor del fracaso matrimonial es real, y que el Eterno conoce la complejidad de lo que pasa entre dos personas cuando una alianza se rompe.
El Talmud en Guitín 90b concluye el debate entre Shamai e Hilel con una frase que no resuelve la discusión sino que la encuadra: "El altar llora por aquel que divorcia a la mujer de su juventud." No dice que sea un pecado irremisible. Dice que hay dolor — real, reconocido, visto. El Eterno no es indiferente al fracaso de un matrimonio. Pero tampoco condena a quien lo vivió.
La mujer samaritana del pozo en Juan 4 había tenido cinco maridos y vivía con un hombre que no era el suyo. Yeshúa no la condena. No le da una conferencia sobre el diseño del matrimonio. Le dice la verdad sobre su situación y le ofrece agua viva. Eso no significa que todo da igual. Significa que el Eterno se sienta junto al pozo con quienes cargaron lo que cargaron, sin importar cómo llegaron ahí.
Si cargás con culpa por un divorcio propio o ajeno, pregúntate de dónde viene esa culpa. ¿Es del Eterno o de lo que alguien te enseñó que decía el Eterno? Hay diferencia. Si estás en un matrimonio con dificultades reales, este no es el estudio que te dice que todo tiene solución si oras más. Es el que te dice que la Torah tomó en serio el dolor de las alianzas rotas, y que tú también puedes tomarlo en serio sin sentir que estás fuera del alcance de Dios.
El divorcio no aparece en la Torah como victoria ni como catástrofe irrecuperable. Aparece como realidad humana que el Eterno regula con misericordia. Lo que Malaquías condena no es a las personas que sufrieron un divorcio — condena la frivolidad, la traición, el abandono calculado. Hay una diferencia enorme entre los dos. Y el Eterno conoce perfectamente cuál es cada historia.
Rabino Israel Escalona A. · Comunidad Ets Jayim
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