El Cantar de los Cantares está en el canon bíblico. No es alegoría disfrazada de poesía — o no es solo eso. Es un poema de amor y deseo entre dos personas, escrito con imágenes físicas explícitas para la sensibilidad de su cultura. El rabino Akiva lo defendió en el Concilio de Yamnia cuando algunos querían excluirlo. Dijo que era el más sagrado de todos los escritos. Eso no es indiferencia al cuerpo. Es exactamente lo contrario.
La Torah no enseña que el cuerpo es malo ni que el deseo es pecado. Lo que enseña es que el cuerpo importa tanto que merece un marco — alianza, fidelidad, cuidado, respeto. El problema nunca fue el deseo. El problema es cuando el deseo se usa para tomar sin dar, para consumir sin comprometerse, para tratar a otra persona como objeto.
Shaul no dice que el cuerpo es malo y por eso hay que usarlo con moderación. Dice que el cuerpo es sagrado — Templo — y que lo sagrado merece ser tratado como tal. Esa es una afirmación muy alta sobre la sexualidad, no una condena. El Templo no era un lugar donde se reprimía la vida — era el lugar donde la vida se ofrecía al Eterno en su forma más íntima.
Hay personas que crecieron en comunidades de fe donde el cuerpo fue tratado como fuente de vergüenza. Donde la sexualidad era un tema del que no se hablaba o del que solo se hablaba para advertir sobre el pecado. Ese silencio hace daño. Personas que llegan al matrimonio sin educación emocional ni física, que cargan culpa por deseos que no son pecado, que no saben cómo hablar con su pareja sobre intimidad porque nadie les enseñó que eso también era sagrado.
La tradición judía tiene un concepto llamado oná — la obligación del marido de satisfacer emocionalmente e íntimamente a su esposa. No es un derecho del marido sobre la esposa. Es una obligación del marido hacia ella. El Talmud en Ketuvot 61b regula la frecuencia de esa obligación según la profesión del hombre. Lo que eso revela es que la intimidad conyugal no era un tema de pudor en la enseñanza rabínica — era parte de la halajá, de la vida vivida correctamente.
La resurrección de Yeshúa fue corporal. No fue el alma escapando del cuerpo. Fue el cuerpo venciendo la muerte. Eso dice algo sobre el valor del cuerpo en la teología mesiánica: no es una cárcel temporal del alma. Es parte de lo que el Eterno redime. La esperanza del Brit Hadashá no es el cielo sin cuerpo — es la resurrección con cuerpo glorificado. Eso transforma completamente cómo entendemos lo que somos mientras vivimos aquí.
Si cargás vergüenza relacionada con tu cuerpo o tu sexualidad que viene de mensajes religiosos y no de acciones concretas que hayas tomado, vale la pena preguntarte de dónde viene esa vergüenza y si el Eterno realmente la puso ahí. Si estás en pareja, considera si hay conversaciones sobre intimidad que han quedado sin tener porque no había espacio para ellas. Ese espacio existe en la fe mesiánica. El Cantar de los Cantares lo abrió hace tres mil años.
El cuerpo no es el enemigo del alma. El deseo no es el enemigo de la santidad. Lo que la Torah propone no es represión — es consagración. Tratar el cuerpo como Templo no significa no usarlo. Significa usarlo con la misma intención con que el sacerdote entraba al lugar sagrado: con conciencia de que lo que se hace ahí tiene peso, tiene nombre, y le importa al Eterno.
Rabino Israel Escalona A. · Comunidad Ets Jayim
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