La parashá toma su nombre de Pinjas, nieto de Aarón el sumo sacerdote. El relato de su acto en realidad pertenece al final de Balak —la parashá anterior— pero la Torah lo separa deliberadamente: corta la narración justo antes de la recompensa, para que el premio de Pinjas abra su propia porción. El Eterno no quiso que el acto violento y la bendición quedaran pegados sin pausa. Hay un respiro entre lo que Pinjas hizo y lo que el Eterno le dio.
Pinjas es una parashá de transición. Mira hacia atrás —cierra el episodio de la plaga— y mira hacia adelante: un nuevo censo de la generación que sí entrará a la tierra, la sucesión de Moshé en Yehoshúa, las hijas de Tzelofjad reclamando su herencia, y el calendario completo de las ofrendas de los Moedim. Es el momento en que el pueblo deja de ser la generación del desierto y empieza a ser la generación de la entrada.
El Eterno declara sobre Pinjas: "he aquí yo le doy mi pacto de paz." La recompensa por un acto de violencia es la paz — y eso no es una contradicción que la Torah esconda, sino una que pone en el centro. Los comentaristas notan algo en el texto hebreo: la palabra shalom (שלום) en este versículo se escribe tradicionalmente con la letra vav partida, quebrada. La paz que se gana mediante la violencia siempre lleva una grieta. Es paz, pero es una paz herida.
El acto de Pinjas fue lo que la halajá llama kanaut — celo, fervor por el honor del Eterno. Pero los sabios fueron extraordinariamente cuidadosos con este concepto. El Talmud en Sanhedrín 82a establece que si Pinjas hubiera pedido permiso a un tribunal antes de actuar, no se lo habrían dado. Y más aún: si Zimrí —el hombre que pecaba— se hubiera defendido y matado a Pinjas, habría sido considerado en legítima defensa. El acto de Pinjas fue justo solo porque su corazón era genuinamente puro — y eso es algo que ningún tribunal puede verificar de antemano.
La parashá continúa con un episodio que es lo opuesto a la violencia: las hijas de Tzelofjad. Cinco hermanas cuyo padre murió sin hijos varones se presentan ante Moshé y reclaman su herencia en la tierra. No con lanzas — con palabras, con un argumento legal, con respeto. Y el Eterno les da la razón: "bien hablan las hijas de Tzelofjad." En la misma parashá donde el celo violento recibe un pacto, cinco mujeres consiguen cambiar la ley con la sola fuerza de un reclamo justo. La Torah pone los dos caminos lado a lado.
Cuando el Eterno le anuncia a Moshé que va a morir sin entrar a la tierra, la reacción de Moshé revela su grandeza. No pide una prórroga. No pide entrar aunque sea un día. Su única preocupación es el pueblo: "ponga el Eterno... un hombre sobre la congregación, para que no sea como ovejas sin pastor." El líder que no entrará a la tierra se preocupa de que el pueblo tenga quién lo lleve después de él.
El Eterno escoge a Yehoshúa, y la instrucción es precisa: "toma a Yehoshúa... varón en el cual hay espíritu, y pondrás tu mano sobre él." Rashi nota que el Eterno le pide a Moshé poner una mano, pero Moshé generosamente pone las dos. Moshé no transmitió el liderazgo con tacañería sino con abundancia — vació sobre Yehoshúa todo lo que tenía, sin reservarse nada para proteger su propio legado. El verdadero líder prepara a su sucesor para que brille, no para que dependa.
La segunda mitad de la parashá detalla las ofrendas de cada Moed del año — el cordero diario, el Shabat, Rosh Jodesh, Pésaj, Shavuot, Yom Teruá, Yom Kipur, Sucot. Justo cuando el liderazgo cambia de manos, la Torah reafirma el calendario que no cambia. Los líderes pasan; el ritmo de los encuentros con el Eterno permanece. Es un mensaje de continuidad: el pueblo no se sostiene sobre un hombre, sino sobre su relación constante con el Eterno marcada en el tiempo.
"Por tanto di: He aquí yo establezco mi pacto de paz con él; y tendrá él, y su descendencia después de él, el pacto del sacerdocio perpetuo, por cuanto tuvo celo por su Dios, e hizo expiación por los hijos de Israel."
Números 25:12-13"El que se une a una mujer aramea, los celosos pueden atacarlo. Dijo Rav: el que viene a preguntar [si puede actuar como Pinjas], no se le instruye que lo haga. Más aún: si Zimrí se hubiera separado y Pinjas lo hubiera matado entonces, Pinjas habría sido ejecutado por ello; y si Zimrí hubiera matado a Pinjas en su defensa, no habría sido culpable, pues Pinjas era un perseguidor."
Talmud Bavlí, Sanhedrín 82a — los límites del celoEsta enseñanza es uno de los textos más sobrios del Talmud sobre el peligro del fanatismo religioso. Los sabios reconocen que el acto de Pinjas fue aprobado por el Eterno — pero blindan ese caso para que nadie lo use como precedente. "Al que viene a preguntar, no se le instruye que lo haga" significa: si necesitas autorización para tu celo, ya descalificaste tu celo. El acto puro de Pinjas no se puede planificar, ni votar, ni institucionalizar. El momento en que el celo religioso se vuelve un programa, deja de ser santo y empieza a ser peligroso. El Talmud honra a Pinjas y al mismo tiempo cierra la puerta a todos los que querrían imitarlo con la lanza en la mano.
La Haftará de Pinjas presenta a Eliyahu el profeta, que declara: "he sentido un vivo celo por el Eterno, Dios de los ejércitos." La tradición identifica a Eliyahu con el espíritu de Pinjas — el mismo fervor. Pero la respuesta del Eterno a Eliyahu en el monte Horeb es reveladora: no estaba en el viento fuerte, ni en el terremoto, ni en el fuego, sino en kol demamá daká — una voz suave y delicada. El Eterno le enseña al hombre del celo que Él también habla en el silencio, no solo en el fuego.
El Brit Hadashá toma esta tensión entre celo y paz y la resuelve en la persona del Mashíaj. Yeshúa mostró celo —limpió el Templo de los mercaderes, y sus talmidim recordaron el versículo "el celo de tu casa me consume" (Salmo 69:9)— pero su camino no fue la lanza de Pinjas sino la entrega de sí mismo. Donde Pinjas detuvo la plaga derramando la sangre del culpable, el Mashíaj detuvo una plaga mayor derramando la suya propia.
El pacto que Pinjas recibe es doble: brit shalom (pacto de paz) y brit kehunat olam (pacto de sacerdocio eterno). Esas dos palabras —paz eterna y sacerdocio perpetuo— son precisamente las que el libro de Hebreos aplica a Yeshúa: un sacerdote para siempre que hace la paz. Pinjas "hizo expiación por los hijos de Israel" mediante un acto único; Yeshúa hizo expiación de una vez y para siempre. El pacto de paz de Pinjas, escrito con una vav quebrada porque vino por la violencia, anticipa el pacto de paz perfecto y sin grieta que viene no por la sangre de otro, sino por la entrega voluntaria del propio Mashíaj. El celo que en Pinjas necesitó una lanza, en Yeshúa se transformó en una cruz.
— Números 25:12-13 · 1 Reyes 19:11-12 · Salmo 69:9 · Juan 2:17 · Hebreos 7:24-27 · Efesios 2:14-16Pablo escribe a los efesios que el Mashíaj "es nuestra paz" — y que hizo la paz "por medio del madero, matando en él las enemistades." El lenguaje es deliberado: la paz que viene por el madero. El pacto de paz que empezó con Pinjas encuentra su forma final en quien no hizo expiación con la lanza, sino con su propio cuerpo entregado.
Todos tenemos celo por algo — una convicción, una causa, una verdad que defendemos. Pinjas y el Talmud juntos nos dan la prueba para examinarlo. La pregunta de Sanhedrín 82a es punzante: si tu celo necesita justificarse, autorizarse o aplaudirse, ya no es del todo puro. El celo santo de Pinjas era tan limpio que no buscaba permiso ni reconocimiento — y por eso fue aceptado.
Esta semana, cuando sientas que el fervor te empuja a "defender lo correcto" —en una discusión, en redes, en tu comunidad— detente y pregúntate: ¿esto es celo por el Eterno, o es mi ego buscando tener razón con ropa de virtud? El celo verdadero produce paz al final, aunque sea una paz con grietas. El falso celo solo produce daño y se siente justo haciéndolo. Y recuerda el otro camino de la parashá: las hijas de Tzelofjad cambiaron la ley sin levantar la voz, solo con un reclamo justo. A veces el camino más fiel no es la lanza, sino la palabra correcta dicha con respeto.
Pinjas es la parashá de la paz que nace de la tensión. Un acto de celo violento recompensado con un pacto de paz escrito con una letra quebrada, porque toda paz ganada por la fuerza lleva su herida. Un Talmud que honra a Pinjas y al mismo tiempo cierra con llave la puerta para que nadie lo imite con la lanza en la mano. Un Moshé que, al saber que no entrará a la tierra, solo se preocupa de que el pueblo tenga pastor, y vacía sobre Yehoshúa las dos manos sin reservarse nada. Cinco hermanas que cambian la ley con un reclamo justo y sin violencia. Y un calendario de Moedim que se reafirma justo cuando el liderazgo cambia de manos, recordando que el pueblo no se sostiene sobre un hombre sino sobre su cita constante con el Eterno. En el fondo de todo late la pregunta que la parashá nos deja: qué hacemos con nuestro celo. Porque el celo puede detener una plaga o puede convertirse en una. La diferencia no está en la intensidad del fuego, sino en la pureza del corazón que lo enciende — y en si, al final, produce paz.
Rabino Israel Escalona A. · Comunidad Ets Jayim
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