Nuestros sabios enseñan que el tiempo más sagrado para el pueblo de Israel fue el tiempo del desierto, porque caminaban junto al Eterno de manera casi literal, dependiendo completamente de Él. Toda la manifestación de Su poder y cuidado se desplegaba ahí: el maná, las codornices, la columna de fuego, las nubes de gloria, el agua amarga hecha dulce, la victoria frente a los enemigos, las ropas que no se gastaban. HaShem guía y sustenta completamente a los hijos de Israel en el lugar más inhóspito posible — solo para que pudieran ver que Él estaba con ellos.
Ya habían recibido la Torá. El Mishkán ya estaba construido. La instrucción y el lugar de purificación estaban listos. Ahora Israel necesitaba organizarse: el conteo y la asignación de lugares alrededor del Mishkán le darían al pueblo una identidad concreta como nación de HaShem.
El desierto no es solo un paraje geográfico. Es el espejo de procesos que todo ser humano atraviesa — donde la falta de agua, alimento y refugio son símil de estados emocionales y espirituales, y donde solo el Eterno provee aguas a través de Su Ruaj, alimento a través de Su Torá, y refugio porque estamos guardados en el hueco de Su mano. Bamidbar es la escuela de dependencia completa del Eterno.
La porción nos enseña que el Eterno ordena a Moshé y Aharón contar a los varones mayores de veinte años, aptos para la guerra, por sus tribus y familias. El resultado: 603.550 hombres. El detalle que no pasa desapercibido es que los levitas no fueron contados — por disposición expresa del Eterno.
El Rashbam — nieto de Rashi — nos entrega un comentario sobre el propósito del conteo, sustentado en la frase "todo varón que puede salir a la guerra". Da a entender que estos hombres están para librar batallas de defensa de la tierra, la vida y la libertad del pueblo. Los levitas, en cambio, están para librar una batalla totalmente distinta a las costumbres del mundo: mantener aquello que es espiritualmente correcto y agradable al Eterno.
El Ramban profundiza aún más: los primogénitos de los levitas le pertenecen al Eterno desde la noche del Éxodo, porque fueron rescatados por la sangre del cordero pascual. No le pertenecen a Israel — le pertenecen directamente a HaShem. Y hay otro ángulo que no podemos ignorar: el censo de los hombres estaba asociado a la guerra, a la posibilidad de la muerte. El Eterno apartó a los levitas precisamente porque no quería que su servicio estuviera afecto a la violencia ni a la muerte.
Todo esto cobra mayor peso cuando recordamos que David, en otro momento de la historia, realizó un censo sin recibir orden del Eterno y fue castigado por ello (2 Samuel 24). El contraste es elocuente: cuando el Eterno ordena contar, el conteo es sagrado. Cuando el hombre cuenta por iniciativa propia, el conteo se convierte en soberbia. La diferencia no está en el número — está en quién ordena.
El conteo en Bamidbar guarda una visión mesiánica profunda que va más allá del censo mismo. No se trata solo de saber cuántos hay — sino de notar quién falta. Y es aquí donde la conexión con el Brit HaDashá se vuelve luminosa.
Las tres parábolas que Yeshúa cuenta en Lucas — la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo perdido — revelan el corazón de un Padre que cuenta, que nota la ausencia, que sale a buscar. El Dios que censaba en el desierto es el mismo Padre que corre hacia el hijo que regresa. El censo de Bamidbar anticipa que nadie quedaría a la deriva.
A través de Yeshúa — quien vino a "rescatar lo que se había perdido" (Lucas 19:10) — fuimos buscados, encontrados, limpiados y purificados, entrando nuevamente al conteo. No solo como pueblo, sino como dice Rab Shaul: "como hijos e hijas, herederos de todas las promesas" (Gálatas 4:7). Las mismas promesas que en algún momento del camino veíamos tan lejanas e inalcanzables, y que ahora nos pertenecen porque pertenecemos al Padre.
— Lucas 15:4-32 · Lucas 19:10 · Gálatas 4:7Esta semana, cuando sientas que estás en un desierto — sin agua, sin alimento, sin refugio visible — recuerda lo que nos enseña Bamidbar: el Eterno no te perdió de vista. Te está contando. Y si en algún momento del camino te alejaste, hay un Padre que está corriendo hacia ti con los brazos abiertos, listo para volverte a poner en la cuenta.
El desierto no es el fin del recorrido. Es la escuela. Y en esa escuela el maestro es el mismo Eterno que guió a Israel con fuego de noche y nube de día — el mismo que hoy guía con Su Ruaj a todos los que eligen depender completamente de Él.
Bamidbar nos recuerda que la identidad del pueblo de HaShem no nació en un palacio ni en la prosperidad — nació en el desierto, en la dependencia, en el orden que el Eterno mismo estableció alrededor de Su presencia. Y ese mismo Dios que contó a Israel tribu por tribu, nombre por nombre, es el que en Yeshúa salió a buscar a cada uno de los que estaban perdidos. El censo del cielo nunca se cierra.
Rabino Israel Escalona A. · Comunidad Ets Jayim
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