La pregunta de si se puede desobedecer una ley injusta no es nueva ni cómoda. Tampoco tiene una respuesta simple. La Torah tiene algo que decir en las dos direcciones, y quien pretende que todo está resuelto con un solo versículo probablemente no ha leído los demás.
Romanos 13 dice que toda autoridad viene del Eterno y que quien resiste la autoridad resiste lo que Dios ha ordenado. Es un texto real, no hay que esconderlo. Pero el mismo Shaul que escribe eso pasa varios años en prisión precisamente por desobedecer órdenes de las autoridades de su tiempo. Lo que escribió en Romanos 13 no era una rendición incondicional al Estado — era un principio general para comunidades que vivían bajo el Imperio Romano y que podían destruirse a sí mismas con una rebelión mal calculada.
El principio que organiza todo es este: la autoridad humana es legítima en la medida en que no exija lo que el Eterno prohíbe ni prohíba lo que el Eterno exige. Cuando cruza esa línea, la obediencia ya no es virtud. Las parteras de Egipto lo sabían sin haber leído a ningún filósofo político. Simplemente no podían matar niños.
La desobediencia no es rebeldía cuando está motivada por una lealtad mayor. El problema es que esa frase se presta fácilmente al abuso. Cualquiera puede convencerse de que su causa es suficientemente sagrada para justificar lo que quiera. Por eso la pregunta no termina con "¿la ley es injusta?" sino con "¿qué clase de injusticia es, qué exige exactamente, y qué estoy dispuesto a asumir por desobedecerla?"
El Talmud en Sanhedrin 74a establece el principio de yehareg ve'al ya'avor: hay tres cosas por las que uno debe dar la vida antes que transgredirlas — idolatría, inmoralidad sexual y derramamiento de sangre inocente. En todo lo demás, la vida tiene prioridad sobre la obediencia a la halajá. Eso significa que la desobediencia civil no es automáticamente heroica ni automáticamente pecado. Depende de qué se desobedece y por qué.
Yeshúa no fue un revolucionario político, pero tampoco fue un ciudadano dócil. Curó en Shabat cuando las autoridades religiosas lo prohibían. Entró al Templo y volcó las mesas. Respondió a Pilato sin miedo. Lo que hizo no era desobediencia por principio abstracto — era fidelidad a algo concreto que ninguna autoridad humana podía cancelar.
Lo que el Brit Hadashá enseña no es ni sumisión ciega ni rebeldía permanente. Es discernimiento. La comunidad de fe tiene la responsabilidad de nombrar la injusticia, de no participar en ella, y de asumir el costo de esa negativa sin convertirla en violencia.
Piensa en una ley, norma o directriz — en tu trabajo, en tu comunidad, en tu país — que te genere tensión moral. No tiene que ser dramática. Puede ser pequeña. Pregúntate: ¿qué me pide que haga o que deje de hacer? ¿Cruza alguna línea del Eterno o solo me incomoda? ¿Cuál es el costo real de no obedecer, y estoy dispuesto a pagarlo? La respuesta honesta a esas tres preguntas es más útil que cualquier teoría política.
La Torah no pide obediencia ciega a ningún Faraón. Tampoco bendice la rebeldía como virtud en sí misma. Lo que pide es juicio — la capacidad de distinguir entre una autoridad que cumple su función de ordenar la vida en comunidad, y una que exige lo que solo le pertenece al Eterno. Shifra y Puá no hicieron una revolución. Solo se negaron a matar niños. A veces eso es todo lo que hace falta.
Rabino Israel Escalona A. · Comunidad Ets Jayim
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