Behaalotejá es una parashá que se mueve rápido y en muchas direcciones. En poco más de cinco capítulos hay instrucciones para la Menorá, la consagración de los levitas, un segundo Pésaj para los que no pudieron cumplir el primero, el sistema de trompetas de plata para convocar al pueblo, el comienzo del viaje por el desierto, el episodio del maná y la carne que el pueblo exige, el nombramiento de los setenta ancianos, y el golpe de la lepra sobre Miriam por hablar contra Moshé.
Lo que une esos episodios tan distintos es una tensión que recorre toda la parashá: la distancia entre el ideal y la realidad del camino. Israel sale del Sinaí con el Mishkán en el centro, el arca adelante, las trompetas sonando, la nube guiando. Todo en orden. Y tres días después ya están quejándose. La parashá no esconde esa caída. La registra con la misma precisión con que registra el encendido de la Menorá.
La parashá abre con el encendido de la Menorá. El Eterno le dice a Aarón: cuando hagas subir las lámparas, las siete lámparas alumbrarán hacia el frente de la Menorá. Rashi pregunta lo obvio: ¿por qué se le dice esto específicamente a Aarón? ¿No era su función conocida? Y responde: porque Aarón necesitaba escuchar que lo que hacía importaba. El kohen que enciende la Menorá cada tarde, en el interior oscuro del Santuario, sin que nadie lo vea desde afuera, necesitaba saber que ese gesto tenía dirección. La llama que nadie en el pueblo ve es la que ilumina el lugar donde el Eterno habita.
Las trompetas de plata son el segundo elemento. Dos trompetas, hechas de una sola pieza de plata batida, con usos precisos: una para convocar a los príncipes, dos para convocar al pueblo entero, un sonido diferente para el viaje, otro para la guerra. El Eterno diseñó un lenguaje de metal para que Israel reconociera la llamada antes de entender el mensaje. Hay momentos en la vida en que el sonido llega antes que las palabras.
Y entonces viene el maná — o más precisamente, el problema con el maná. El pueblo llora en las puertas de sus tiendas. No por hambre: tienen maná. Lloran por el recuerdo del pescado, los pepinos, los melones, las cebollas de Egipto. El Eterno se enoja. Moshé se desespera. Lo que sigue es uno de los momentos más humanos de toda la Torah: Moshé le dice al Eterno que no puede solo, que la carga es demasiado, que si esto va a seguir así prefiere la muerte.
El Eterno no reprende a Moshé por eso. Le da setenta ancianos que compartan la carga. La respuesta al agotamiento del liderazgo no es una corrección — es una estructura. Dios no le dice a Moshé que sea más fuerte. Le da gente.
El episodio final de la parashá es el más incómodo. Miriam y Aarón hablan contra Moshé a causa de su mujer kushita. La Torah no aclara si la queja tiene fundamento o no. Lo que sí aclara es el resultado: el Eterno se enoja, desciende en una columna de nube, llama a los tres hermanos, y cuando la nube se levanta Miriam está cubierta de lepra blanca como la nieve.
Aarón no recibe el mismo castigo. Los comentaristas han debatido por siglos por qué. Rashi sugiere que Miriam fue quien inició la queja. El Ramban señala que Aarón reconoció el error de inmediato. Pero hay algo en el texto que ningún comentario puede borrar: la crítica al liderazgo ungido por el Eterno tiene consecuencias que la crítica a cualquier otro no tiene. No porque los líderes sean intocables. Sino porque hay formas de cuestionar que construyen y formas que destruyen, y el Eterno distingue entre ellas.
Lo que hace Moshé inmediatamente después es lo que define su carácter mejor que cualquier milagro que haya protagonizado. Cinco palabras en hebreo: El na, refá na la — "Dios, sánalas por favor." El hombre al que acaban de criticar ruega por la que lo criticó. Sin condición, sin esperar que ella pida perdón primero, sin negociar. Intercede.
"Y el hombre Moshé era muy manso, más que todos los hombres que había sobre la faz de la tierra."
Números 12:3"Cuando Moshé subió al cielo encontró al Santo, Bendito Sea, sentado y añadiendo coronas a las letras de la Torah. Le dijo: ¿Quién te detiene? Le respondió: hay un hombre que surgirá al cabo de muchas generaciones, y Akiva ben Yosef es su nombre, que derivará montones y montones de leyes de cada corona. Le dijo Moshé: Muéstramelo. Le dijo: Retrocede. Moshé fue y se sentó detrás de la octava fila [en la academia de Rabí Akiva] y no comprendía lo que decían. Se afligió. Luego escuchó que los estudiantes preguntaban a Rabí Akiva: ¿de dónde sabes esto? Y él respondió: es una ley dada a Moshé en el Sinaí. Y Moshé se tranquilizó."
Talmud Bavlí, Menajot 29aEste pasaje del Talmud no está en Behaalotejá, pero la Haftará de esta parashá —Zacarías 4— tiene en su centro la visión de la Menorá y la frase: "no con ejército, ni con fuerza, sino con mi Ruaj." El encendido de la Menorá que abre Behaalotejá y el Menajot 29a se tocan en un punto: la Torah que Moshé recibió es más grande de lo que Moshé mismo podía comprender. Ese es el signo de lo que viene del Eterno — siempre excede al que lo recibe.
En Juan 8:12 Yeshúa dice: "Yo soy la luz del mundo." Lo dice en el Templo, durante la fiesta de Sucot, en el contexto del servicio del encendido de las cuatro grandes Menorás que iluminaban todo Yerushalayim durante la fiesta. No elige cualquier momento para hacer esa declaración. La hace cuando el pueblo tiene fresca en la mente la imagen de la llama que sube, del sacerdote que hace ascender la luz.
La Haftará de Behaalotejá es Zacarías 4, donde el profeta ve una Menorá de oro con un tazón encima y siete lámparas. Le pregunta al ángel qué significa. La respuesta es la más citada de todo Zacarías: "No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Ruaj, dice el Eterno de los ejércitos." La Menorá no es símbolo de poder humano. Es símbolo de lo que arde cuando el Espíritu de Dios lo alimenta.
Los setenta ancianos que reciben el Ruaj en Números 11:25 son un anticipo de algo que Juan 20:22 registra sin hacer énfasis: Yeshúa sopla sobre sus talmidim y dice "Recibid el Ruaj HaKodesh." El mismo gesto de distribución del Espíritu — de uno que carga demasiado hacia otros que comparten la carga — se repite en clave mesiánica. Moshé no podía solo. Yeshúa tampoco diseñó su comunidad para que funcionara sola. La estructura de los setenta en el desierto se convierte en los setenta que Yeshúa envía de dos en dos en Lucas 10. El número no es casual. La teología tampoco.
— Juan 8:12 · Zacarías 4:6 · Números 11:24-25 · Juan 20:22 · Lucas 10:1 · Hebreos 3:1-6Hay dos imágenes de esta parashá que valen la pena llevarse a la semana. La primera es el kohen que enciende la Menorá en el interior oscuro del Templo, donde nadie del pueblo lo ve. Ese fuego silencioso que sube en el lugar donde el Eterno habita. Esta semana, el estudio que nadie reconoce, la oración que nadie sabe que hiciste, el servicio que no tiene audiencia — ese también es encendido de la Menorá. El Eterno lo ve desde adentro del Santuario.
La segunda imagen es Moshé intercediendo con cinco palabras por la que lo criticó. El na, refá na la. Hay alguien en tu entorno a quien te costó perdonar, a quien le guardas algo, a quien defendiste en público y acusaste en el corazón. Cinco palabras. Por favor, sánala. Por favor, sánalo. No como obligación. Como práctica de lo que el Eterno hace por nosotros cada vez que intercede el Cohen HaGadol eterno ante el Padre.
Behaalotejá empieza con una llama que sube y termina con una mujer que cae enferma. Entre los dos extremos están las trompetas que convocan, el maná que aburre, Moshé que pide la muerte, setenta ancianos que reciben el Ruaj, y dos hermanos que hablan cuando no deberían. La parashá no idealiza el desierto. Lo muestra tal como fue: un pueblo que sale con el Mishkán en el centro y se queja tres días después. Eso es Israel. Eso somos nosotros. Y en esa misma parashá el Eterno da estructura cuando hay agotamiento, da Ruaj cuando hay sequía, y recibe la intercesión de cinco palabras por la que pecó. La llama que sube no necesita perfección debajo de ella. Solo necesita quien la haga subir.
Rabino Israel Escalona A. · Comunidad Ets Jayim
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